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viernes, 22 de enero de 2010

El Quebrantamiento de Corazón

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"Dios mío, confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti, porque nuestras iniquidades se han multiplicado sobre nuestra cabeza, y nuestros delitos han crecido hasta el cielo" -Esdras 9:6

«Pero… ¿Cómo pudo pasar esto? ¿y ahora, qué voy a hacer? ¿Cómo alguien pudo cometer tan desastrosos hechos? ¡Ay, te clamo Señor!» Sí, hay situaciones en la vida que cuando las confrontamos pareciera que el mundo se nos viniera abajo, y nuestra cabeza da vueltas tratando en nuestra mente de buscar un punto de apoyo, un lugar donde sentirnos seguros, donde recobrar la paz de entonces…

En la ciudad de New York lo sufrimos y aprendimos de una manera violenta con los actos terroristas del 11 de septiembre del 2001. No sé en qué momento la nube de humo y polvo desapareció de la vista panorámica de la isla de Manhattan, para dejarnos solo la memoria de las dolorosas escenas dantescas y la profunda herida por aquellos que no volveremos a ver jamás. Los desastres naturales también dejan el mismo sabor amargo de la muerte repentina, la enfermedad incurable o la separación definitiva. Mas, en medio de la devastación y la pérdida hay algo que no podemos perder de vista y es que Dios está con nosotros, cargándonos en sus brazos de amor, enjugando nuestras lágrimas, amparándonos y fortaleciéndonos en la tribulación, para que podamos resistir en el día malo.

No obstante, también hay otras situaciones que golpean nuestras almas, quizás de manera más fulminante que las cosas de la vida, y son las aflicciones del alma, los desengaños, las deslealtades, el pecado, y el dolor por haber ofendido a Dios. En ese momento, cuán importante es sabernos humillar y quebrantarnos verdaderamente de corazón.

En la actitud del sacerdote y escriba Esdras encontramos un buen ejemplo de la correcta actitud ante el quebrantamiento y el gran dolor de habernos desviado de la voluntad de nuestro Señor. Cuando Esdras llegó a Jerusalén, para enseñar la ley en el nuevo templo que Jehová les había concedido, sufrió una gran decepción. El templo era hermoso y todo fue dispuesto conforme a lo escrito en el libro de Moisés, sin embargo, el pueblo de Israel, los sacerdotes y levitas no vivían conforme a la Palabra de Dios, sino a las abominaciones de los pueblos vecinos.

El pecado era grande contra Jehová, pues los hijos de Israel habían mezclado el linaje santo con los pueblos vecinos, y eran los príncipes y gobernadores los primeros en cometer tal abominación (Esdras 9:2). Se había roto el pacto, por medio al cual, Jehová buscaba una descendencia para sí (Malaquías 2:15). Era el propósito santo que ellos habían puesto en juego, por andar en sus propios caminos, sin tomar en cuenta a Dios. Esdras bien pudo haberse llenado de indignación y haber ejecutado de inmediato la ley en la que el que tal cosa hizo sería cortado del pueblo y moriría apedreado.

Tampoco Esdras salió corriendo para no contaminarse ni mucho menos asumió una actitud arrogante ni acusadora, como diciendo: «¡Fuera de mi vista pecadores! ¡No me toquen, todos ustedes están contaminados!», ya que él había sido enviado por Jehová para enseñar la ley y sus mandamientos. Entiendo que era un hombre justo, a la luz del pacto de aquellos días, pues nadie que no viva dichos principios los puede enseñar. No, a Esdras la indignación no lo llenó de orgullo, sino de un gran quebrantamiento y aflicción.

El escriba, en ese momento, al escuchar la condición del pueblo, rasgó su vestido y su manto, y arrancándose el pelo de su cabeza y de su barba, se sentó angustiado de manera extrema. Y se juntaron con él, todos los que temían a Dios, una gran multitud de hombres, mujeres y niños, y mientras el pueblo lloraba amargamente, Esdras, postrado de rodillas, extendió sus manos a Jehová y oró:

“Dios mío, confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti, porque nuestras iniquidades se han multiplicado sobre nuestra cabeza, y nuestros delitos han crecido hasta el cielo. 7 Desde los días de nuestros padres hasta este día hemos vivido en gran pecado; y por nuestras iniquidades nosotros, nuestros reyes y nuestros sacerdotes hemos sido entregados en manos de los reyes de las tierras, a espada, a cautiverio, a robo, y a vergüenza que cubre nuestro rostro, como hoy día. 8 Y ahora por un breve momento ha habido misericordia de parte de Jehová nuestro Dios, para hacer que nos quedase un remanente libre, y para darnos un lugar seguro en su santuario, a fin de alumbrar nuestro Dios nuestros ojos y darnos un poco de vida en nuestra servidumbre. 9 Porque siervos somos; mas en nuestra servidumbre no nos ha desamparado nuestro Dios, sino que inclinó sobre nosotros su misericordia delante de los reyes de Persia, para que se nos diese vida para levantar la casa de nuestro Dios y restaurar sus ruinas, y darnos protección en Judá y en Jerusalén. 10 Pero ahora, ¿qué diremos, oh Dios nuestro, después de esto? Porque nosotros hemos dejado tus mandamientos, 11 que prescribiste por medio de tus siervos los profetas, diciendo: La tierra a la cual entráis para poseerla, tierra inmunda es a causa de la inmundicia de los pueblos de aquellas regiones, por las abominaciones de que la han llenado de uno a otro extremo con su inmundicia. 12 Ahora, pues, no daréis vuestras hijas a los hijos de ellos, ni sus hijas tomaréis para vuestros hijos, ni procuraréis jamás su paz ni su prosperidad; para que seáis fuertes y comáis el bien de la tierra, y la dejéis por heredad a vuestros hijos para siempre. 13 Mas después de todo lo que nos ha sobrevenido a causa de nuestras malas obras, y a causa de nuestro gran pecado, ya que tú, Dios nuestro, no nos has castigado de acuerdo con nuestras iniquidades, y nos diste un remanente como éste, 14 ¿hemos de volver a infringir tus mandamientos, y a emparentar con pueblos que cometen estas abominaciones? ¿No te indignarías contra nosotros hasta consumirnos, sin que quedara remanente ni quien escape? 15 Oh Jehová Dios de Israel, tú eres justo, puesto que hemos quedado un remanente que ha escapado, como en este día. Henos aquí delante de ti en nuestros delitos; porque no es posible estar en tu presencia a causa de esto” (Esdras 9:6-15).

Esdras no solo se hizo parte del problema, sino que intercedió delante de Jehová a favor del pueblo. Tal es el Espíritu de nuestro Señor Jesús, quien día y noche intercede por nosotros. El que pudo ser un juez para condenar a los culpables, prefirió ser un intercesor, para salvar a los condenados. Entonces, los príncipes, y el pueblo reconociendo su pecado, se dispusieron a hacer lo que pedía el mandamiento, despidiendo a las mujeres extranjeras con que se habían juntado, y a sus hijos, para retomar el camino que Dios le había trazado. Mas, antes de cualquier solución es necesario un corazón quebrantado y un arrepentimiento genuino para recibir la misericordia de nuestro Dios.

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Sal 10:4 El malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; No hay Dios en ninguno de sus pensamientos.

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