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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Estoy a tus puertas

Regalos de DiosPor su misericordia, Dios ha puesto muchas cosas a nuestro alcance para que las disfrutemos, tanto en el área espiritual como en la emocional y en la material. De Él proviene todo bien, es Él quien nos provee todas las cosas, en Él nada nos falta.

Personalmente he recibido enormes regalos de parte de Dios: mi esposa, una hija hermosa, la oportunidad de disfrutar con ellas la alegría de un hogar. Todo ello no tiene precio, es algo tan valioso que, bien lo sabemos, sólo Dios nos lo puede dar. Sin embargo, aún esto no se puede comparar con el regalo eterno de poder estar en su presencia, especialmente porque sabemos que Cristo pagó un precio muy alto para que sus hijos tuviéramos el incomparable honor de rendirle adoración.

Los cristianos tenemos un privilegio espiritual que debemos valorar por sobre todas las cosas: tenemos entrada libre al lugar santísimo. El velo que dividió por tanto tiempo su presencia de nuestras vidas se rasgó, no existe más. La sangre derramada del Hijo de Dios –y ninguna otra cosa- lo hizo posible. ¡Cómo no habríamos de presentarnos delante del Padre en un sacrificio vivo de adoración!

Adán recibió de parte de Dios todo lo que un hombre necesita para vivir, pero su desobediencia lo privó de lo más valioso que tenía, lo cual no era meramente estar en el huerto del Edén, sino su relación con Dios, la comunión con el Creador del universo.

El rey David sabía que estar a las puertas del tabernáculo era ya un privilegio. Tal vez el hecho de no ser un sacerdote de la tribu de Leví lo hacía sentirse ansioso, deseoso de entrar a los atrios, de estar frente al altar de sacrificio, de pisar el lugar Santo, de abrir el velo y postrarse en el lugar Santísimo frente al Arca del Pacto.

Es por eso que David escribió:

Salmo 84: 1-2 ¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo.

Sólo de pensar que no tenía los mismos privilegios que los levitas, David estimaba sumamente valiosa la oportunidad de entrar al tabernáculo para servir al Dios Altísimo. Por eso agregó:

Salmo 84: 4-5 Bienaventurados los que habitan en tu casa; perpetuamente te alabarán. Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, en cuyo corazón están tus caminos.

David hubiera querido tener alas como un gorrión o como una golondrina para volar, para entrar al tabernáculo y así pasar inadvertido para descansar cerca del altar, para poner su nido y hacer su hogar en la misma casa de Dios:

Salmo 84: 3 Aun el gorrión halla casa, y la golondrina nido para sí, donde ponga sus polluelos, cerca de tus altares, oh Jehová de los ejércitos, Rey mío, y Dios mío.

Una vez que David entró a la presencia de Dios, no salió de ahí jamás. Su comunión con Dios fue lo más importante en su reino y en su vida como hijo de Dios. Es claro que David llegó a valorar este privilegio que Dios le dio, más que todas las cosas:

Salmo 84: 10 Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad.

Postrado ante tus pies para adorar...Sólo un cristiano nacido de nuevo logra entender y valorar este tesoro espiritual. Y por eso puede cantar de corazón, agradecido por el privilegio de poder postrarse ante Sus pies para adorar, escucharle y contemplar Su Majestad.

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Sal 10:4 El malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; No hay Dios en ninguno de sus pensamientos.

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