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domingo, 7 de febrero de 2010

Todos Tenemos Problemas con el “Yo”


Por David Jeremiah

El equipo de baloncesto “Lakers de Los Angeles” empezaron la temporada de 1981 esperando ganar los campeonatos de la NBA una y otra vez, pero al comenzar la temporada, Magic Johnson se rompió el cartílago de una de sus rodillas. Los demás jugadores entrenaron duro, jugaron fervientemente y lograron ganar el setenta por ciento de sus juegos.

Cuando se acercaba el tiempo de que Magic regresara a la cancha, incrementaba la publicidad que le hacían. Durante los “tiempos fuera” en los juegos, el comentarista decía: “ Marquen sus calendarios para el 27 de febrero. Regresa Magic Johnson a la alineación de sus campeones mundiales Los Lakers de Los Angeles!” Mientras más se acercaba el día, menos se escribía de todos los jugadores que estaban poniendo tanto empeño, y toda la atención estaba dirigida al jugador que no había hecho nada. Cuando los aficionados entraban al estadio el 27 de febrero, se les recibía con prendedores que decían “Magic ha vuelto!”

Usualmente, solo los novatos eran anunciados, y Magic no era novato. A pesar de eso lo presentaron y todo el auditorio se puso de pie para recibirlo. Las luces del estadio se prendían una tras otra. Mientras tanto, el entrenador Pat Riley escribe en su libro “El ganador interno”, que los jugadores que habían sacado adelante al equipo durante tres meses fueron ignorados totalmente. Estaban tan resentidos que apenas ganaron el juego esa noche, contra un equipo de segunda categoría. Los Lakers terminaron su temporada con uno de sus más desastrosos registros.

“Debido a la ambición, la terquedad y el resentimiento”, recuerda Riley, “hemos tenido una de nuestras más rápidas caídas en la historia de la Liga Nacional de Baloncesto (NBA). Era la enfermedad del Yo”.

Todos padecemos de ella. Tendemos siempre a pensar en nosotros mismos, y somos celosos de guardar nuestra posición. Nuestras conversaciones están centradas en nosotros mismos. Nuestro dinero lo gastamos en nosotros. Nuestra palabra favorita es Yo. Todos tenemos problemas del “Yo”.

El autor C.S. Lewis lo puso de esta manera: “El orgullo es en esencia competitivo; el competir es su misma naturaleza, mientras otros males son competitivos por accidente, por decirlo así. El orgullo no tiene placer en obtener algo, solamente en obtenerlo más que el otro.”

Oh, como dijo el viejo predicador “Tio Bud” Robinson, “El orgullo es la única enfermedad conocida por el hombre que afecta a todos menos al que la tiene.”

El remedio

Solamente hay un remedio para este mal; el poner nuestros ojos en Jesús, estudiar su vida, seguir su ejemplo y dejar que su Espíritu reproduzca Su vida en nuestros corazones. Una de las razones por las que no queremos ser humildes es porque creemos que las personas humildes no son importantes ni sobresalientes, son auto-despreciativos, e incluso que son como unos ratonsitos inseguros.

Ninguna de esas palabras describe a Aquél que ha practicado esa gracia perfectamente. Alguien podría pensar en Jesús de Nazaret como no importante ni sobresaliente, auto despreciativo o como un ratonsito inseguro? Todo lo contrario. El fue acertado cuando la ocasión lo demandaba, valiente frente al peligro, decisivo al confrontar el mal y seguro en Su llamado y habilidades. Aun así se describió como “manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). El fue un retrato de humildad, y si estudiamos el retrato, podemos ser más como El.

Podemos ver la humildad de Cristo en Su deseo de poner nuestras necesidades antes de sus intereses. En Filipenses 2, Pablo escribió, “ No busques tu propio provecho, sino el de los demás. Haya en ustedes el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús.”

Su humildad puede ser vista en la sencillez de su nacimiento, mientras su madre lo envolvía en pañales, y lo acostaba en le pesebre porque no había lugar para ellos en el mesón.” (Lucas 2:7)

También podemos ver su humildad en su sujeción a sus padres (Lucas 2:51) y después en el estilo de vida tan sencillo que escogió para sí mismo. “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza.” (Mateo 8:20)

Su humildad puede ser vista en su deseo de convivir con rechazados y los aborrecidos (Lucas 15:1-2), y a su manera rechazando honores (“Gloria de los hombres no recibo.” Juan 5:41). Como Dios, recibía adoración, pero como hombre no le impresionaban los elogios. Su misma entrada a Jerusalén fue un símbolo de humildad (Zacarías 9:9), cuando estaba lavando los pies de sus discípulos (John 13:1-12). En la cruz se sometió al sufrimiento, se expuso al rechazo y llevó el castigo del pecado.

Considera estas palabras:

•Estamos orgullosos de nuestra fama, pero se dijo de Jesús, “Podrá algo bueno salir de Nazaret?” •Tenemos orgullo en nuestra apariencia, pero fue dicho de Jesús, “No había parecer en el, ni hermosura.” •Nos enorgullecemos de nuestras amistades, pero fue dicho de Jesús, “El era amigo de publícanos y pecadores.” •Nos enorgullecemos de nuestra posición, pero Jesús dijo, “Soy entre ustedes como uno que sirve.” •Nos enorgullecemos de nuestro éxito, pero fue dicho de Jesús, “Fue odiado y rechazado.” •Tenemos orgullo en nuestras habilidades, pero Jesús dijo, “Por mí mismo no puedo hacer nada.” •Nos enorgullecemos de nuestra voluntad, pero Jesús dijo, “… pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”

Que puedo hacer?

¿Cómo pues, podemos seguir los pasos del Maestro? Primero, lee frecuentemente los evangelios. Haz el estudio de Cristo una tarea de por vida. Conforme vas leyendo, ora respecto a lo que has leído. El familiarizarte con las palabras y acciones de Cristo te ayudará a tomar dediciones como Jesús cuando te enfrentes a situaciones difíciles.

Es muy importante que seas fiel a tu congregación local, especialmente cuando se celebra la Cena del Señor. Debemos recordar constantemente el amor de Dios por nosotros demostrado en el Calvario. Recuerda el viejo himno escrito por Isaac Watts que dice:

Cuando examino la gloriosa cruz. En la que el Príncipe de Gloria murió, Mi más grande logro es pérdida, Y todo mi orgullo se viene abajo.

Tercero, toma la decisión de ser humilde. Mientras la humildad es algo que se desarrolla en nuestro interior, también es una decisión que tomamos todos los días. La Biblia nos lanza la pelota cuando nos dice:

Humíllense, pues (I Pedro 5:6) Vístanse… de humildad (Colosenses 3:12)

Revístanse de humildad (1 Pedro 5:5)

Anden… con toda humildad y mansedumbre (Efesios 4:1-2)

Se sensible a los momentos cuando te encuentras siendo demasiado confiado en ti mismo. Está atento a los tiempos de enojo, celebración, logro o competencia. Cuando sientas que has sido muy orgulloso o egoísta, confiésalo a Dios y pídele que te ayude a poner a otros primero.

Finalmente, fíjate en las necesidades en las vidas de los demás. Discretamente ayuda a sus necesidades, y cuando sea posible, que sea en secreto. Sirve a otros en vez de ser servido. La enfermedad del Yo puede ser sanada, y no tiene que ser fatal cuando nos ponemos en las manos del Gran Médico que dijo, “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”.

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Sal 10:4 El malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; No hay Dios en ninguno de sus pensamientos.

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