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viernes, 30 de octubre de 2009

El Silencio de Dios

«Estoy seguro que cuando hablo de la ausencia de Dios entienden que no estoy hablando de una verdadera ausencia sino de un sentido de ausencia. Dios está siempre presente con nosotros … pero hay momentos cuando El nos despoja de su presencia en nuestra conciencia». Richard Foster Quien no ha sentido un escalofrío al leer o escuchar [...]

iStock_000003275502XSmall«Estoy seguro que cuando hablo de la ausencia de Dios entienden que no estoy hablando de una verdadera ausencia sino de un sentido de ausencia. Dios está siempre presente con nosotros … pero hay momentos cuando El nos despoja de su presencia en nuestra conciencia».
Richard Foster

Quien no ha sentido un escalofrío al leer o escuchar la oración desgarradora de Jesús en la cruz: “Padre, porque me has abandonado”. Posiblemente, también han existido momentos de nuestra vida en los cuales tuvimos una fuerte identificación con aquellas palabras. A veces, cargadas de reproche, otras de impotencia y, aun, de perplejidad. Foster nos sugiere centrarnos en el por qué (Oracion, p.23), es decir la razín, los motivos, por los cuales Dios permite esa sensación insoportable de lejanía y abandono. Muchos personajes bíblicos vivieron esta experiencia a la que convenientemente se la denomina el “desierto”, aprovechando una rica imagen bíblica.

San Juan de la Cruz avanzó aun más en la descripción y llamó “la oscura noche del alma” a ese tiempo fuerte de ausencias y distancias gravosas. ¿Existe una intencionalidad divina en la distancia, en esa sensación de desamparo? Por momentos, desde el dolor, pensamos en una incomprensible dosis de crueldad: Dios soltándonos en una especie de “arréglate como puedas”. O desde la vergüenza culposa buscamos respuestas en el proporcionado “castigo” que nuestra contumacia merece. En el contexto de un oráculo cargado de esperanza, Dios proclama en el libro de Isai=ías:

Eras como una esposa joven abandonada y afligida, pero tu Dios te ha vuelto a llamar y te dice: “Por un corto instante te abandoné, pero con bondad inmensa te volveré a unir conmigo. En un arranque de enojo, por un momento, me oculte de ti, pero con amor eterno te tuve compasión.” (Is.54:6-8).

Esto que Foster llama “el despojo de su presencia en nuestra conciencia” tiene que ver con una táctica de Dios, en el marco de su estrategia de amor incomparable para con nosotros. Pensemos por un momento qué siente el bebé que ensaya sus primeros pasos, muy seguro, de la mano de su madre o de su padre y de pronto observa como esas manos gigantes y seguras lo abandonan y a una distancia enorme, para sus proporciones, lo llaman para que continúe solo sus pasos. ¿Habrá desesperación? ¿Habrá reproche? ¿Angustia? Tal vez esta imagen nos permita aproximarnos a la comprensión de la táctica divina: suelta nuestras manos esperando el paso. ¿Que ocurriría si los padres no dejaran a sus hijos en la horrible circunstancia de la soledad para caminar? ¿Podemos imaginar una vida en la que una persona a los treinta años esté caminando aun de la mano de sus progenitores?

Dios nos despoja de la conciencia de su presencia para forjar en nosotros un espíritu anhelante, deseoso de su presencia y compañía. Un Dios que por su amor, nos quiere adultos. En la oscura noche del alma se sufre y se gime, pero se crece.

¿Cuál es nuestra actitud cuando al intentar una y mil veces la oración sentimos vacío y soledad? ¿Nos empacamos, como un bebe y apoyamos la sentadera en el piso esperando las manos que nos rescaten de tanto naufragio? o ¿Buscamos caminar, a tientas, sin apoyo hacia los brazos que al final del camino nos esperan?

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Sal 10:4 El malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; No hay Dios en ninguno de sus pensamientos.

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